Muchas veces me preguntaron si no tenia o no tengo miedo. De distintas cosas, distintas situaciones. Muchas veces elegí decir que no. Pero si realmente no tuviera miedo no seria humano.

Es contradictorio decirlo, pero el miedo ya no me asusta. Todo lo que esta vida me ha cruzado en mi camino supe enfrentarlo y salir aireado.

Sin embargo hay momentos en que jugar a ser el hombre que todo lo soporta, que nada le duele, o que si le duele lo aguanta; ser perseverante, casi testarudo, arriesgado o valiente me resulta por demás agotador.

Vivir en una vorágine de problemas que necesitan ser resueltos, organizados, desplazados, destruidos me llena de satisfacciones al triunfar.  Es como trepar esas grandes montañas, que se imponen mostrándose como imposibles por su tamaño, tratando de hacernos ver insignificantes. Dar el primer paso, empezar a subir; intentar vencerla. Llegar a la cima nos crea gran satisfacción. Allí arriba descubrimos que no había que vencer a la montaña, sino a nuestros propios limites.

Así mismo pasa con la vida; muchas veces trepando nos sentimos agotados, pero siempre aparece esa pampa soleada donde descansar para recuperar energía y seguir subiendo.

Tal vez mi único miedo es que tirado en esa pampita, de cara al sol, me engañe a mi mismo dándome por realizado, contemple la cima desde ese punto intermedio y me rinda.

 

Puedo enfrentar el sufrimiento, el dolor, la tristeza, todos los males, la misma muerte supo mirarme a los ojos y darme un tiempo más de libertad.

Rendirme hoy no es una posibilidad para mí; nunca busque el camino fácil.

Hoy con tantos objetivos, sueños, esperanzas que me movilizan es que pongo toda mi fe en encontrar la fuerza necesaria para no rendirme. Nunca.