EL PUENTE SOBRE EL RÍO DEL BÚHO  Por Ambrose Bierce

Desde un puente ferroviario, al norte de Alabama, un hombre contemplaba el rápido discurrir del agua seis metros más abajo. Tenía las manos detrás de la espalda, las muñecas sujetas con una soga; otra soga, colgada al cuello y atada a un grueso tirante por encima de su cabeza, pendía hasta la altura de sus rodillas. Algunas tablas flojas colocadas sobre los durmientes de los rieles le prestaban un punto de apoyo a él y a sus verdugos, dos soldados rasos del ejército federal bajo las órdenes de un sargento que, en la vida civil, debió de haber sido agente de la ley. No lejos de ellos, en el mismo entarimado improvisado, estaba un oficial del ejército con las divisas de su graduación; era un capitán.

En cada lado un vigía presentaba armas, con el cañón del fusil por delante del hombro izquierdo y la culata apoyada en el antebrazo cruzado transversalmente sobre el pecho, postura forzada que determina al cuerpo a permanecer erguido. A estos dos hombres no les interesaba lo que sucedía en medio del puente. Se limitaban a bloquear los lados del entarimado. Delante de uno de los vigías no había nada; la vía del tren penetraba en un bosque un centenar de metros y, dibujando una curvatura, desaparecía. No muy lejos de allí, sin duda, había una posición de vanguardia. En la otra orilla, un campo abierto ascendía con una ligera pendiente hasta una empalizada de troncos verticales con aberturas para los fusiles y un solo ventanuco por el cual salía la boca de un cañón de bronce que dominaba el puente. Entre el puente y el fortín estaban situados los espectadores: una compañía de infantería, en posición de descanso, es decir, con la culata de los fusiles en el suelo, el cañón inclinado levemente hacia atrás contra el hombro derecho, las manos cruzadas encima de la caja. A la derecha de la hilera de soldados había un teniente; la punta de su sable tocaba tierra, la mano derecha reposaba encima de la izquierda. Sin contar con los verdugos y el reo en el medio del puente, nadie se movía. La compañía de soldados, delante del puente, miraba fijamente, hierático. Los vigías, en frente de los límites del río, podrían haber sido esculturas que engalanaban el puente. El capitán, con los brazos entrelazados y mudo, examinaba el trabajo de sus auxiliares sin hacer ningún gesto. Cuando la muerte se presagia, se debe recibir con ceremonias respetuosas, incluso por aquéllos más habituados a ella. Para este mandatario, según el código castrense, el silencio y la inmovilidad son actitudes de respeto.

El hombre cuya ejecución preparaban tenía unos treinta y cinco años. Era civil, a juzgar por su ropaje de cultivador. Poseía elegantes rasgos: una nariz vertical, boca firme, ancha frente, cabello negro y ondulado peinado hacia atrás, inclinándose hacia el cuello de su bien terminada levita. Llevaba bigote y barba en punta, pero sin patillas; sus grandes ojos de color grisáceo desprendían un gesto de bondad imposible de esperar en un hombre a punto de morir. Evidentemente, no era un criminal común. El liberal código castrense establece la horca para todo el mundo, sin olvidarse de las personas decentes.

Finalizados los preparativos, los dos soldados se apartaron a un lado y cada uno retiró la madera sobre la que había estado de pie. El sargento se volvió hacia el oficial, le saludó y se colocó detrás de éste. El oficial, a su vez, se desplazó un paso. Estos movimientos dejaron al reo y al suboficial en los límites de la misma tabla que cubría tres durmientes del puente. El extremo donde se situaba al civil casi llegaba, aunque no del todo, a un cuarto durmiente. La tabla se mantenía en su sitio por el peso del capitán; ahora lo estaba por el peso del sargento. A una señal de su mando, el sargento se apartaría, se balancearía la madera, y el reo caería entre dos durmientes. Consideró que esta acción, debido a su simplicidad, era la más eficaz. No le habían cubierto el rostro ni vendado los ojos. Observó por un instante su inseguro punto de apoyo y miró vagamente el agua que corría por debajo de sus pies formando furiosos torbellinos. Una madera que flotaba en la superficie le llamó la atención y la siguió con la vista. Apenas avanzaba. ,Qué indolente corriente!

Cerró sus ojos para recordar, en estos últimos instantes, a su mujer y a sus hijos. El agua brillante por el resplandor del sol, la niebla que se cernía sobre el río contra las orillas escarpadas no lejos del puente, el fortín, los soldados, la madera que flotaba, todo en conjunto le había distraído. Y en este momento tenía plena conciencia de un nuevo motivo de distracción. Al dejar el recuerdo de sus seres queridos, escuchaba un ruido que no comprendía ni podía ignorar, un ruido metálico, como los martillazos de un herrero sobre el yunque. El hombre se preguntó qué podía ser este ruido, si procedía de una distancia cercana o alejada: ambas hipótesis eran posibles. Se reproducía en regulares plazos de tiempo, tan pausadamente corno las campanas que doblan a muerte. Esperaba cada llamada con impaciencia, sin comprender por qué, con recelo. Los silencios eran cada vez más largos; las demoras, enloquecedoras. Los sonidos eran menos frecuentes, pero aumentaba su contundencia y su nitidez, molestándole los oídos. Tuvo pánico de gritar.. Oía el tictac de su reloj.

Abrió los ojos y escuchó cómo corría el agua bajo sus pies. “Si lograra desatar mis manos”; Pensó -, podría soltarme del nudo corredizo y saltar al río; esquivaría las balas y nadaría con fuerza, hasta alcanzar la orilla; después me internaría en el bosque y huiría hasta llegar a casa. A Dios gracias, todavía permanece fuera de sus líneas; mi familia está fuera del alcance de la Posición más avanzada de los invasores.”

Mientras se sucedían estos pensamientos, reproducidos aquí por escrito, el capitán inclinó la cabeza y miró al sargento. El suboficial se colocó en un extremo.

Peyton Farquhar, cultivador adinerado, provenía de una respetable familia de Alabama. Propietario de esclavos, político, como todos los de su clase, fue, por supuesto, uno de los primeros secesionistas y se dedicó, en cuerpo y alma, a la causa de los Estados del Sur. Determinadas condiciones, que no podemos divulgar aquí, impidieron que se alistara en el valeroso ejército cuyas nefastas campañas finalizaron con la caída de Corinth, y se enojaba de esta trabazón sin gloria, anhelando conocer la vida del soldado, encontrar la ocasión de distinguirse.

Estaba convencido de que esta ocasión llegaría para él, como llega a todo el mundo en tiempo de guerra. Entre tanto, hacía lo que podía. Ninguna acción le parecía demasiado modesta para la causa del Sur, ninguna aventura lo suficientemente temeraria si era compatible con la vida de un ciudadano con alma de soldado, que con buena voluntad y sin apenas escrúpulos admite en buena parte este refrán poco caballeroso: en el amor y en la guerra, todos los medios son buenos.

Una tarde, cuando Farquhar y su mujer estaban descansando en un rústico banco, próximo a la entrada de su parque, un soldado confederado detuvo su corcel en la verja y pidió de beber. La señora Farquhar sólo deseaba servirle con sus níveas manos. Mientras fue a buscar un vaso de agua, su esposo se aproximó al polvoriento soldado y le pidió ávidamente información del frente.

– Los yanquis están reparando las vías del ferrocarril – dijo el hombre- porque se preparan para avanzar. Han llegado hasta el puente del Búho, lo han reparado y han construido una empalizada en la orilla norte. Por una orden, colocada en carteles por todas partes, el comandante ha dictaminado que cualquier civil a quien se le sorprenda en intento de sabotaje a las líneas férreas será ejecutado sin juicio previo. Yo he visto la orden.

-¿A qué distancia está el puente del Búho? – pregunto Faquhar.

-A unos cincuenta kilómetros.

-¿No hay tropas a este lado del río?

– Un solo piquete de avanzada a medio kilómetro, sobre la vía férrea, y un solo vigía de este lado del puente.

– Suponiendo que un hombre – un ciudadano aficionado a la horca- pudiera despistar la avanzadilla y lograse engañar al vigía – dijo el plantador sonriendo -, ¿qué podría hacer?

El militar pensó:

– Estuve allí hace un mes. La creciente de este invierno pasado ha acumulado una enorme cantidad de troncos contra el muelle, en esta parte del puente. En estos momentos los troncos están secos y arderían con mucha facilidad.

En ese mismo instante, la mujer le acercó el vaso de agua. Bebió el soldado, le dio las gracias, saludó al marido y se alejó con su cabalgadura.

Una hora después, ya de noche, volvió a pasar frente a la plantación en dirección al norte, de donde había venido. Aquella tarde había salido a reconocer el terreno. Era un soldado explorador del ejército federal.

Al caerse al agua desde el puente, Peyton Farquhard perdió la conciencia, como si estuviera muerto. De este estado salió cuando sintió una dolorosa presión en la garganta, seguida de una sensación de ahogo. Dolores terribles, fulgurantes, cruzaban todo su cuerpo, de la cabeza a los pies. Parecía que recorrían líneas concretas de su sistema nervioso y latían a un ritmo rápido. Tenía la sensación de que un enorme torrente de fuego le subía la temperatura insoportablemente. La cabeza le parecía a punto de explotar. Estas sensaciones le impedían cualquier tipo de raciocinio, sólo podía sentir, y esto le producía un enorme dolor. Pero se daba cuenta de que podía moverse, se balanceaba como un péndulo de un lado para otro.

Después, de un solo golpe, muy brusco, la luz que le rodeaba se alzó hasta el cielo. Hubo un chapoteo en el agua, un rugido aterrador en sus oídos y todo fue oscuridad y frío. Al recuperar la conciencia supo que la cuerda se había roto y él había caído al río. Ya no tenía la sensación de estrangulamiento: el nudo corredizo alrededor de su garganta, además de asfixiarle, impedía que entrara agua en sus pulmones. ¡Morir ahorcado en el fondo de un río! Esta idea le parecía absurda. Abrió los ojos en la oscuridad y le pareció ver una luz por encima de él, ¡tan lejana, tan inalcanzable! Se hundía siempre, porque la luz desaparecía cada vez más hasta convertirse en un efímero resplandor. Después creció de intensidad y comprendió a su pesar que subía de nuevo a la superficie, porque se sentía muy cómodo. “Ser ahogado y ahorcado -pensó- no está tan mal. Pero no quiero que me fusilen. No, no habrán de fusilarme. Eso no sería justo.”

Aunque inconsciente del esfuerzo, el vivo dolor de las muñecas le comunicaba que trataba de deshacerse de la cuerda. Concentró su atención en esta lucha como si fuera un tranquilo espectador que podía observar las habilidades de un malabarista sin demostrar interés alguno por el resultado.

Qué prodigioso esfuerzo. Qué magnífica, sobrehumana energía. ¡Ah, era una tentativa admirable! ¡Bravo! Se desató la cuerda: sus brazos se separaron y flotaron hasta la superficie. Pudo discernir sus manos a cada lado, en la creciente luz. Con nuevo interés las vio agarrarse al nudo corredizo. Quitaron salvajemente la cuerda, la lanzaron lejos, con rabia, y sus ondulaciones parecieron las de una culebra de agua. ” ¡Ponedla de nuevo, ponedla de nuevo! ” Creyó gritar estas palabras a sus manos, porque después de liberarse de la soga sintió el dolor más inhumano hasta entonces.

El cuello le hacía sufrir increíblemente, la cabeza le ardía; el corazón, que apenas latía, estalló de inmediato como si fuera a salírsele por la boca. Una angustia incomprensible torturó y retorció todo su cuerpo.

Pero sus manos no le respondieron a la orden. Golpeaban el agua con energía, en rápidas brazadas de arriba hacia abajo, y le sacaron a flote. Sintió emerger su cabeza. El resplandor del sol le cegó; su pecho se expandió con fuertes convulsiones. Después, un dolor espantoso y sus pulmones aspiraron una gran bocanada de oxígeno, que al instante exhalaron en un grito.

Ahora tenía plena conciencia de sus facultades; eran, verdaderamente, sobrenaturales y sutiles. La terrible perturbación de su organismo las había definido y despertado de tal manera que advertían cosas nunca percibidas hasta ahora. Sentía los movimientos del agua sobre su cara, escuchaba el ruido que hacían las diminutas olas al golpearle. Miraba el bosque en una de las orillas y conocía cada árbol, cada hoja con todos sus nervios y con los insectos que alojaba: langostas, moscas de brillante cuerpo, arañas grises que tendían su tela de ramita en ramita. Contempló los colores del prisma en cada una de las gotas de rocío sobre un millón de briznas de hierba. El zumbido de los moscardones que volaban sobre los remolinos, el batir de las alas de las libélulas, las pisadas de las arañas acuáticas, como remos que levanta una barca, todo eso era para él una música totalmente perceptible. Un pez saltó ante su vista y escuchó el deslizar de su propio cuerpo que surcaba la corriente.

Vio el puente, el fortín, vio a los vigías, al capitán, a los dos soldados rasos, sus verdugos, cuyas figuras se distinguían contra el cielo azul. Gritaban y gesticulaban, señalándole con el dedo; el oficial le apuntaba con su revólver, pero no disparaba; los otros carecían de armamento. Sus movimientos a simple vista resultaban extravagantes y terribles; sus siluetas, grandiosas.

De pronto escuchó un fuerte estampido y un objeto sacudió fuertemente el agua a muy poca distancia de su cabeza, salpicando su cara. Escuchó un segundo estampido y observó que uno de los vigías tenía aún el fusil al hombro; de la boca del cañón ascendía una nube de color azul. El hombre del río vio cómo le apuntaba a través de la mirilla del fusil. Al mirar a los ojos del vigía, se dio cuenta de su color grisáceo y recordó haber leído que todos los tiradores famosos tenían los ojos de ese color; sin embargo, éste falló el tiro.

Un remolino le hizo girar en sentido contrario; nuevamente tenía a la vista el bosque que cubría la orilla opuesta al fortín. Escuchó una voz clara detrás de él, en un ritmo monótono, llegó con una extremada claridad anulando cualquier otro sonido, hasta el chapoteo de las olas en sus oídos. A pesar de no ser soldado, conocía bastante bien los campamentos y lo que significaba esa monserga en la orilla: el oficial cumplía con sus quehaceres matinales. Con qué frialdad, con qué pausada voz, que calmaba a los soldados e imponía la suya, con qué certeza en los intervalos de tiempo, se escucharon estas palabras crueles:

-¡Atención, compañía … ! ¡Armas al hombro … ! ¡Listos … ! ¡Apunten …! ¡Fuego … !

Farquhar pudo sumergirse tan profundamente como era necesario. El agua le resonaba en los oídos como la voz del Niágara. Sin embargo, oyó la estrepitosa descarga de la salva y, mientras emergía a la superficie, encontró trozos de metal brillante, extremadamente chatos, bajando con lentitud. Algunos le alcanzaron la cara y las manos, después siguieron descendiendo. Uno se situó entre su cuello y la camisa: era de un color desagradable, y Farquhar lo sacó con energía. Llegó a la superficie, sin aliento, después de permanecer mucho tiempo debajo del agua. La corriente le había arrastrado muy lejos, cerca de la salvación. Mientras tanto, los soldados volvieron a cargar sus fusiles sacando las baquetas de sus cañones. Otra vez dispararon y, de nuevo, fallaron el tiro. El perseguido vio todo esto por encima de su hombro. En ese momento nadaba enérgicamente a favor de la corriente. Todo su cuerpo estaba activo, incluyendo la cabeza, que razonaba muy rápidamente.

“El teniente -pensó- no cometerá un segundo error. Esto era un error propio de un oficial demasiado apegado a la disciplina. ¿Acaso no es más fácil eludir una salva como si fuese un solo tiro? En estos momentos, seguramente, ha dado la orden de disparar como les plazca. ¡Qué Dios me proteja, no puedo esquivar a todos! ”

A dos metros de allí se escuchó el increíble estruendo de una caída de agua seguido de un estrepitoso escándalo, impetuoso, que se alejaba disminuyendo, y parecía propasarse en el aire en dirección al fortín, donde sucumbió en una explosión que golpeó las profundidades mismas del río. Se levantó una empalizada líquida, curvándose por encima de él, le cegó y le ahogó. ¡Un cañón se había unido a las demás armas! El obús sacudió el agua, oyó el proyectil, que zumbó delante de él despedazando las ramas de los árboles del bosque cercano. “No empezarán de nuevo -pensó-. La próxima vez cargarán con metralla. Debo fijarme en la pieza de artillería, el humo me dirigirá. La detonación llega demasiado tarde: se arrastra detrás del proyectil. Es un buen cañón.”

De inmediato comenzó a dar vueltas y más vueltas en el mismo punto: giraba como una peonza. El agua, las orillas, el bosque, el puente, el fortín y los hombres ahora distantes, todo se mezclaba y desaparecía. Los objetos ya no eran sino sus colores; todo lo que veía eran banderas de color. Atrapado por un remolino, marchaba tan rápidamente que tenía vértigo y náuseas. Instantes después se encontraba en un montículo, en el lado izquierdo del río, oculto de sus enemigos. Su inmovilidad inesperada, el contacto de una de sus manos contra la pedriza le hizo tornar los sentidos y lloró de alegría. Sus dedos penetraron la arena, que se echó encima, bendiciéndola en voz alta. Para su parecer era la cosa más preciosa que podría imaginar en esos momentos. Los árboles de la orilla eran gigantescas plantas de jardinería; le llamó la atención el orden determinado en su disposición, respiró el aroma de sus flores. La luz brillaba entre los troncos de una forma extraña y el viento entonaba en sus hojas una armoniosa música interpretada por una arpa eólica. No quería seguir huyendo, le bastaba permanecer en aquel lugar perfecto hasta que le capturaran.

El silbido estrepitoso de la metralla en las hojas de los árboles le despertaron de su sueño. El artillero, decepcionado, le había enviado una descarga al azar como despedida. Se alzó de un brinco, subió la cuesta del río con rapidez y se adentró en el bosque. Caminó todo el día, guiándose por el sol. El bosque era interminable; no aparecía por ningún sitio el menor claro, ni siquiera un camino de leñador. Ignoraba vivir en una región tan salvaje, y en este pensamiento había algo de sobrenatural.

Al anochecer continuó avanzando, hambriento y fatigado, con los pies heridos. Continuaba vivo por el pensamiento de su familia. Al final encontró un camino que le llevaba a buen puerto. Era ancho y recto como una calle de ciudad. Y, sin embargo, no daba la impresión de ser muy conocido. No colindaba con ningún campo; por ninguna parte aparecía vivienda alguna. Nada, ni siquiera el ladrido de un perro, sugería un indicio de humanidad próxima. Los cuerpos de los dos enormes árboles parecían dos murallas rectilíneas; se unían en un solo punto del horizonte, como un diagrama de una lección de perspectiva. Por encima de él, levantó la vista a través de una brecha en el bosque, vio enormes estrellas áureas que no conocía, agrupadas en extrañas constelaciones. Supuso que la disposición de estas estrellas escondía un significado nefasto. De cada lado del bosque percibía ruidos en una lengua desconocida. Le dolía el cuello; al tocárselo lo encontró inflamado. Sabía que la soga le había marcado con un destino trágico. Tenía los ojos congestionados, no podía cerrarlos. Su lengua estaba hinchada por la sed; sacándola entre los dientes apaciguaba su fiebre. La hierba cubría toda aquella avenida virgen.

Ya no sentía el suelo a sus pies.

Dejando a un lado sus sufrimientos, seguramente se ha dormido mientras caminaba, porque contempla otra nueva escena; quizá ha salido de una crisis delirante. Se encuentra delante de las rejas de su casa. Todo está como lo había dejado, todo resuma belleza bajo el sol matinal. Ha debido caminar, sin parar, toda la noche. Mientras abre las puertas de la reja y sube por la gran avenida blanca, observa unas vestiduras flotar ligeramente: su esposa, con la faz fresca y dulce, sale a su encuentro bajando de la galería, colocándose al pie de la escalinata con una sonrisa de inenarrable alegría, en una actitud de gracia y dignidad incomparables. ¡Qué bella es! Él se lanza para abrazarla. En el momento en que se dispone a hacerlo, siente en su nuca un golpe que le atonta. Una luz blanca y enceguecedora clama a su alrededor con un estruendo parecido al del cañón… y después absoluto silencio y absoluta oscuridad.

Peyton Farquhar estaba muerto. Su cuerpo, con el cuello roto, se balanceaba de un lado a otro del puente del Búho.

Allá van mis sueños, borrosos, perdiéndose en el horizonte.

Inocentes creen poder escapar de mis manos; temerosos de transformarse en realidad como niños que temen ser hombres.

Allá van mis sueños, creyendo poder ocultarse tras esa esquina, tras aquel árbol o entre la bruma.

 

Ilusos que no saben que mientras mas lejanos los veo mas animo tengo de seguirlos. Pobres tontos confiados de que voy a agotarme antes que ellos, no notan que con su andar me llenan de energía.

Se alejan, me acerco, se vuelven a alejar. Ya no dudo, la certeza de que podré alcanzarlos es mas grande que cualquier distancia.

Síganlo intentando, intenten escapar. El destino de cada sueño ya esta escrito. Su fin es ser cumplidos. Como el mío es cumplirlos.

Muchas veces me preguntaron si no tenia o no tengo miedo. De distintas cosas, distintas situaciones. Muchas veces elegí decir que no. Pero si realmente no tuviera miedo no seria humano.

Es contradictorio decirlo, pero el miedo ya no me asusta. Todo lo que esta vida me ha cruzado en mi camino supe enfrentarlo y salir aireado.

Sin embargo hay momentos en que jugar a ser el hombre que todo lo soporta, que nada le duele, o que si le duele lo aguanta; ser perseverante, casi testarudo, arriesgado o valiente me resulta por demás agotador.

Vivir en una vorágine de problemas que necesitan ser resueltos, organizados, desplazados, destruidos me llena de satisfacciones al triunfar.  Es como trepar esas grandes montañas, que se imponen mostrándose como imposibles por su tamaño, tratando de hacernos ver insignificantes. Dar el primer paso, empezar a subir; intentar vencerla. Llegar a la cima nos crea gran satisfacción. Allí arriba descubrimos que no había que vencer a la montaña, sino a nuestros propios limites.

Así mismo pasa con la vida; muchas veces trepando nos sentimos agotados, pero siempre aparece esa pampa soleada donde descansar para recuperar energía y seguir subiendo.

Tal vez mi único miedo es que tirado en esa pampita, de cara al sol, me engañe a mi mismo dándome por realizado, contemple la cima desde ese punto intermedio y me rinda.

 

Puedo enfrentar el sufrimiento, el dolor, la tristeza, todos los males, la misma muerte supo mirarme a los ojos y darme un tiempo más de libertad.

Rendirme hoy no es una posibilidad para mí; nunca busque el camino fácil.

Hoy con tantos objetivos, sueños, esperanzas que me movilizan es que pongo toda mi fe en encontrar la fuerza necesaria para no rendirme. Nunca.

Recuerdo haber visto publicados libros que estaban conformados por correspondencia que se enviaban personalidades de otras epocas como lo fueron Einstein y Freud.

Hoy en dia las comunicaciones cambiaron, sin embargo se me ocurrio ahcer algo similar y publicar una de mis cartas a alguien que aprecio mucho.

Y dice:

Mi buen amigo, meditando sobre nuestras frecuentes charlas, vinieron a mi mente dos temas que son bastante recurrentes entre nosotros.

Uno de estos temas es la niñez; es fascinante como logramos sacar nuestro niño interior en algunas situaciones y llegamos a disfrutar al máximo la vida. Me alegra muchísimo compartir esta “inmadura” personalidad con vos.

Por otra parte recordaba otro tema mucho más recurrente  y no tan compartido.

 Son esas preguntas existenciales, filosóficas, casi espirituales. Esos tantos “Por Que” que nos abruman, que nos hacen doler la cabeza y nos persiguen hasta el cansancio sin dejar pista o respuesta alguna.

Relacionando estas dos ideas recordaba mi niñez, y recordaba el circo, y la magia.

Como a veces decimos todo tiene que ver con todo. Y una cosa lleva a la otra.

¿Te acordás cuando veías a un mago? Era increíble ver que de un pañuelo apareciera una paloma; que de una galera aparezca un conejo; o que alguien capas de serruchar a una señorita al medio y ella resulte ilesa.

Era increíble y era inexplicable; pero inmediatamente aparecía nuestra curiosidad y queríamos saber como sucedió; como lo hizo. ¿Como era posible que esas cosas pasaran?

Todos sabemos que ningún mago revela sus trucos. También, ahora de maduros sabemos que no existía tal magia; que eran simples ilusiones ópticas, engaños, trucos; que a nuestra vista parecían sucesos milagrosos. Por algo ya casi no hay magos y si muchos ilusionistas.

Estos recuerdos me trajeron una visión diferente a esas preguntas que hacemos siempre.

Al igual que de niños con los magos, tal vez solo deberíamos dejarnos sorprender por la magia de la vida. Si ya sabemos que todo “por que” va a tener una respuesta.  Será cuestión de tiempo para encontrarla.

Mejor sigamos siendo niños, sigamos asombrándonos cuando por arte de magia aparecen los medios para alcanzar nuestros sueños,  las personas que nos ayudaran en el camino o las que ayudaremos nosotros. Como esa palomita que aparecía de donde menos lo esperábamos estas cosas suceden  y tal vez haya alguien detrás creando la ilusión del milagro, tal vez seamos nosotros los propios magos. ¿Será como decía en el alquimista, que el universo conspira? ¿O será como dice en ese otro libro que ni recuerdo el titulo? El que me contaste que exponía que “hay que ser líderes de nuestra propia vida”.

Hay muchas posibilidades; tal vez estemos viviendo un sueño, tal vez seamos parte de la imaginación de alguien; no lo se. Pero al igual que de niño con los magos; por mas que la curiosidad me pique por dentro, esta vez también decido “No saber” simplemente quiero seguir sorprendiéndome.

Espero que cuando termine esta función que es la vida aplaudamos juntos.

Gracias por compartir y brindarte tan sinceramente. Espero que con este pequeño texto des por iniciado mi pago en cuotas a todo eso que das, precisamente sin esperar nada.

Un abrazo.

 

 Bueno, mis queridos (no se si seran tres o cuatro) lectores, espero que les haya gustado.

Cordiales saludos para ustedes!

Sobre vinilos no se nada, pero del cassette para acá tengo bastantes recuerdos; hoy desperté medio nostálgico; o tal vez medio cansado de escuchar todos los días las mismas canciones.

Vino a mi mente el recuerdo de mi adolescencia, cuando empezaba a descubrir mis gustos, veía algunos videos en la tele, o escuchaba alguna banda en la radio, y ahí se iniciaba un largo proceso hasta que la banda se convertía en una de mis favoritas, o en otra de las tantas que me decepcionaban. Bandas de un solo hit, bandas de las cuales no comprendía su éxito, en fin; muchas bandas.

Lo tedioso, pero que justamente hoy me pone nostálgico era el conseguir mas música de una banda. A partir del día en que la escuchaba en la tele o la radio, o alguien me la recomendaba, empezaba una larga búsqueda. Contactar al amigo del amigo de un amigo que tenia el cassette original, tal vez una grabación y lograr que me la copie o me lo preste era todo un drama; las dobles caseteras escaseaban. Tretas como ir a una desquería y pedir escuchar un disco que supuestamente compraría, eran bastante comunes.

La piratería recién iniciaba, pero un casette trucho y de mala calidad a cinco pesos era demasiado para mi economía. Pedir escuchar un casette en una desquería era imposible, nadie te iba a aguantar media hora en su negocio por cinco mangos. Así que había un alto margen de decepciones. Ciertos conductores de radio se habían vuelto un gran referente, de algún modo mágico ellos tenían acceso a mucha música, y por mas que en su programa pasaran solo un tema de cada banda, si ellos decían que el disco estaba bueno, valía la pena comprarlo; muy distinto era con la tele, y ni hablar de las recomendaciones boca en boca. Si un amigo me decía, escucha tal banda; yo escuche un par de temas y esta buena. La realidad era que había escuchado dos temas y que probablemente fueran dos hits de discos distintos.

Mas avanzado en el tiempo y ya teniendo acceso a Internet las recomendaciones boca en boca o Chat en Chat se hicieron mas confiables, no era lo mismo que un tipo te recomiendo una banda a que te la recomienden diez. Pronto se sumo un nuevo condimento; Napster; el legendario primer P2P, que de todas formas no facilitaba casi nada, obtener una sola canción llevaba horas y el gasto seguía siendo mucho.

Con el correr de los tiempos Internet se fue abaratando y acelerando, y ya nada fue igual; no tengo claro cuando fue la última vez que tuve un CD original en mis manos. Antes relacionaba la palabra piratear con copiar un original, pero ya ni eso. Tampoco recuerdo bien cuando fue la última vez que grabe un CD de audio.

Y ya no se a que punto iba, pero este vértigo musical, sumado al ancho de banda y a los modernos programas P2P hicieron que ya no desee la discografía de ninguna banda, por que creo tener la de todas las que me gustan, y aparentemente no asoma en el horizonte ninguna banda que venga mas que a decepcionarme.

Seguiré esperando.

Continuando con mi falta de inspiración y viendo que el resto de los blogers sigue currando con el tema de la nevada histórica en buenos aires y todo eso es que decidí postear este tema, que al menos en el titulo se relaciona con tal suceso.

En un primer momento pensaba postear algo mas violento, para manifestar mi disgusto para con los malditos lunes pero al transcurrir el día disminuyo mi disgusto, así que en estas últimas horas estoy mas tranquilo.

Nada más, volveré!

Disfruten!

Estuve intentando poner un reproductor de audio, para que puedan escuchar una canción mientras leen lo que escribí, pero no pude y desistí. Les dejo el video del mismo tema, si quieren lo ven, o si quieren solo lo escuchan mientras leen, o ninguna de las dos cosas; cada cual sabrá que hacer.

Hay poetas que obtienen inspiración de bellas mujeres, de sus sentimientos por ellas o hasta de la luna reflejada en un arroyo; hay pintores que comulgan con el paisaje, fundiéndose en el para inspirarse; hay escritores que, observando la vida, perdiéndose en los senderos zigzagueantes que van de la imaginación a la realidad una y otra vez, tropiezan con la inspiración que necesitan; o bloggers que curran con lo de la inusual nevada en buenos aires.

Yo por mi parte creo que debo haberla perdido; en un primer momento pensé que me la había olvidado en el auto, como sucede con tras tantas cosas, pero no estaba. La busque debajo de la cama, detrás del escritorio, en el baño junto a la ropa sucia pero nada; no aparece. Temo haberla perdido, en alguno de los viajes que hago en bicicleta, de casa al trabajo o volviendo; ya que nunca traigo bolsillos con cierre. Ese fue un temor que siempre tuve, de que se me caigan las cosas de los bolsillos; creo que es un mal de familia, pero no voy a profundizar en eso ahora.

El temor que me aqueja ahora es sobre mi inspiración; no puedo imaginar que habrá pasado con ella; espero que no la haya encontrado algún demente, y que este perpetrando mis más oscuros delirios sin mi consentimiento. Espero que tampoco la haya encontrado algún visionario, que con ese poco de inspiración tuviera suficiente para hacerse rico o saltar a la fama; ya que ese destino era mío, para el día en que consiguiese algo de visión. O peor aun, si la encontró algún niño y la dejo tirada en algún rincón, sucia, pegajosa y machucada, o si la esta usando para jugar con sus soldaditos de plástico.

Ni hablar si la encontró algún desconsolado con problemas de pareja y la esta usando para recuperar a su amada, me la va a gastar toda!!!

Todas estas cosas me están perturbando bastante por estos días; es bastante irónico que desde poco tiempo después de abrir este blog, haya perdido la inspiración, y no solo eso, desde que compre la cámara digital, no creo haber tomado mas de dos o tres fotos que me enorgullezcan.

Demás esta decir que no se como revertir esta situación; sigo buscando mi inspiración por cielo y tierra, y sigo llenando mi libreta con borradores de ideas inconclusas y la memoria de la cámara con fotos desechables.

Mientras tanto supongo que llenare este espacio con talentos de otras personas, ya sea con sus imágenes, canciones, videos, o lo que sea. Espero que sepan entender.

Saludos visitantes!!